Hace setenta años caían los recintos electrificados de Anschwitz-Birkenau y el mundo quedaba atónito frente a la más grande carnicería humana de la historia. Antes de la llegada de la Armada Roja, más de un millón y medio de seres humanos fueron conducidos en aquella marcha de la muerte. Y lo que aún es peor, muchos fueron asesinados en aquel lugar. Con un simple gesto, Méngüele, decidía sobre la vida y la muerte de hombres, mujeres y niños; hebreos en su mayoría; que fueron seleccionados, perseguidos y arrastrados. Es imposible no imaginar cuál habría sido el destino o en que se hubiesen transformado aquellos pequeños hebreos todavía bebés o ya adolescentes; ultimados en los ghetos y en los campos de exterminio. Quizás serían grandes filósofos, artistas, sabios, ágiles artesanos, madres de familia, o simplemente seres dueños de su propio destino. Todavía el mundo los llora, con el corazón apretado por la emoción. Es claro que para los "líderes" de la época no era suficiente aniquilar los cuerpos. Tenían que apoderarse del alma, la conciencia y hasta la humanidad?
. Privados de identidad desde el primer instante, con aquel número estampado sobre el brazo, no eran otra cosa que objetos despedazados. El Tribunal de Nuremberg, juzgando a los altos responsables acusados de crímenes contra la integridad humana, reconoció el ultraje sobre las victimas y por ende sobre la humanidad entera. Sin embargo, la esperanza de todos nosotros,"Nunca Mas", no ha sido cumplida. Otros genocidios se han perpetrado. Los países europeos, que por dos veces, han arrastrado al mundo en su locura homicida, han sabido afrontar los viejos demonios. En estos lugares que han conocido el mal absoluto, debe renacer la voluntad de realizar un mundo fundado sobre la hermandad, el respeto al hombre y a su dignidad. Debemos ser vigías y defendernos no solo de las fuerzas de la naturaleza que nos amenazan, sino, mas todavía, de la locura humana. JOSE PARATORE Director